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El reciente conjunto de obras acuñado por Magali Pezzolano implica un notorio crecimiento creativo a la vez que la búsqueda más personalmente rigurosa y singular de su trayectoria. La misma se despliega, sobre todo, en una serie de pinturas en óleo y de cajas conteniendo hermosas filigranas en tinta china. En menor medida, pequeños, deliciosos, dibujos a lápiz. Los diseños compositivos de todos ellos, se ordenan en base a estructuras sensualmente rectas como armado contenedor de zonas con formas irregulares, en general de vértices redondeados, como pulidos por una accionar suavemente escultórico. En las pinturas, sobre la rítmica retícula de la línea negra, va surgiendo el juego de delicadas audacias cromáticas, osadas, pero nunca estridentes. De modo predominante, verdes, rosas y luminosos ocres, apaciguados por la presencia de mansos azules y leves grises. En las tintas, diálogo de blanco y negro muy puro, apoyado por la presencia co-protagónica del gris, la mayor apuesta remite a la línea que dibuja, elabora despojados y rectores dominios verticales, sobre los que se quiebra la inquietud de un rústico encaje. Rodeándolo, acentuándolo, la fuerza de un fuerte contorno negro o la gracia de un recuadro sutil. En los dibujos pasa algo parecido, sólo que todo se ofrece con una expresión más pudorosa, casi tímida, de una fragilidad conmovedora.
A esta altura del análisis estimativo, de la reciente revisión formal, el lector se preguntará qué tiene todo esto que ver con una reinvención del paisaje, planteada por el título elegido. Sucede que la artista vive y trabaja en la ciudad de La Paloma, en el departamento de Rocha, casi en el límite este del Uruguay. Durante el verano la irrupción provocada por el turismo transforma la pequeña ciudad somnolienta en gran centro pleno de actividad. El resto del año, una calma que puede llegar a ser excesiva, motiva los largos paseos por las playas desiertas, por las reiteradas puntas rocosas que separan esas playas. En esas rocas, la formación geológica unida al trabajo del Océano Atlántico, de los vientos, del sol, van modificando la constitución original de esas piedras, de por si ya únicas en toda la costa del país. Las piedras aparecen surcadas por antiquísimas estrías, por heridas y fracturas permanentes, en alargamientos que parecen luchar de manera empecinada contra la acción invasora del fuerte oleaje. Su regularidad es pulida como las formas antes mencionadas en un demorado modelado escultórico por parte de los elementos. Magali Pezzolano ha convivido durante muchísimo tiempo con esas peculiares formaciones rocosas. De manera premeditada o casual, las contempla, las integra a lo que compone el paisaje atesorado por la memoria, el paisaje afectivo. Mediante un claro desplazamiento semántico ha convertido la filigrana de esas piedras en su sugerente y personal cartografía pictórica. En un gesto que es, innegablemente, reinvención del paisaje. Por lo menos, de una rescatada parcela extremadamente cercana a su casa, a su taller. No es el paisaje característico de la pintura tradicional, la pintura de género. Es un paisaje engarzado en una narración que es, curiosidad paradójica y nueva evidencia sobre la estrechez de las categorías, tan figurativa como abstracta.
Ese dispersa fronteras es la mayor virtud de su planteo pictórico. Hermosas, poéticas imágenes abstractas que pueden ser aceptadas como tales, pero que entrañan, para quien quiera, la evocación de una extraña y seductora utilería perteneciente a la naturaleza. Reforzando ese hallazgo, surge la calidad de una pintura tersa, de pinceladas suaves que, sin embargo y simultáneamente, pueden trascender una melancolía poética, una melodiosa vitalidad. También la destreza para las armonías del color. El manejo vigoroso de la tinta o el uso manso de los lavados. En el lápiz, la tibieza del trazo, la sensación nebulosa de un casi inasible claroscuro.
Alfredo Torres |